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El Vino
Ribera del Duero en Soria

En 1982 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación concede a los vinos de la Ribera del Duero la Denominación de Origen; denominación que surge por iniciativa de los propios viticultores, preocupados por la calidad de sus vinos y buscando impulsar su promoción y comercialización.
El Consejo Regulador de Soria avala los vinos con su sello la autenticidad, encargándose de su riguroso control, de su promoción tanto a nivel nacional como internacional, y de la investigación para la mejora de su calidad. Las etiquetas y contraetiquetas de los vinos Ribera del Duero se realizan en la Fábrica de Moneda y Timbre; para conseguir garantizar la autenticidad de las mismas, se utilizan recursos como las tintas invisibles para el sello de marca, tan sólo legibles con luz ultravioleta. Así, el consumidor cuenta con la garantía y la seguridad de estar adquiriendo uno de los mejores vinos de producción nacional.

Las variedades de uva empleadas para la producción de los vinos de Soria son fundamentalmente la Tinta del País y la Albillo; aunque el Consejo Regulador acepta la inclusión de una pequeña cantidad de mostos de origen francés y de Garnacha. Estas variedades dan como resultado 4 clases de vinos bien diferenciadas. Por un lado el VINO JOVEN, tinto o rosado, con una maduración en barrica inferior a los 12 meses, que le da un característico sabor afrutado, un tanto ácido, ligero y fresco. El CRIANZA, de un intenso aroma frutal debe guardar un periodo de maduración en barrica de roble superior al año. Los RESERVAS se comercializan tras 36 meses de envejecimiento en barrica y luego en la propia botella. Por último, el GRAN RESERVA, con una maduración total de 60 meses, 24 en barrica y 36 en botella. Las condiciones climáticas condicionan en mucho el desarrollo de la vid, así como la propia maduración de la uva; la pluviosidad moderada, los secos veranos y los fríos y largos inviernos de Soria inciden favorablemente en la calidad de la cosecha y, por tanto, en la calidad de los vinos


 
Debido a esta inigualable calidad, los vinos de Soria se utilizan en la elaboración de ciertas exquisiteces gastronómicas como los obispos, similares a las tradicionales torrijas, la tinada, una especie de caldo dulce, o el zurracapote, la bebida popular más característica de Soria.
Pasar por Soria sin catar sus insuperables caldos es prácticamente un sacrilegio; por algo se dice que en Soria hay oro líquido.


RIBERA DEL DUERO DE SORIA


La prestigiosa Denominación de Origen vinícola ha difundido más allá de las fronteras soriana y española los atractivos de esta comarca de largas planicies de Soria. La fascinación que producen sus bodegas y vinos sólo es comparable al embrujo de su patrimonio monumental.

En esta tierra de Soria que atravesó el mítico Cid a lomos de Babieca resisten al paso del tiempo inexpugnables fortalezas califales como la de Gormaz, el bastión árabe más extenso de Europa en virtud de su kilómetro de perímetro amurallado. No sólo árabes y cristianos dejaron su sello en la arquitectura de la Ribera, vestigios de urbes romanas como Tiermes se obstinan en desaparecer. Termancia, como era conocida Tiermes en la antigüedad, recopila las diferentes piezas de una ciudad imperial. Un anfiteatro, el acueducto y las termas hacían que sus ciudadanos no tuvieran que envidiar los lujos y comodidades de que disponían otras grandes urbes del imperio.

La estela de la figura de El Cid y la ruta que lleva su nombre trenzan un hilo narrativo para el foráneo de Soria. San Esteban de Gormaz, corazón de la comarca, familiariza al viajero con el románico soriano. Los templos de San Miguel y de Santa María del Rivero son dos arquetipos de este género.

Los caldos tintos y rosados que envejecen en las barricas convidan en la mesa con los jugosos asados de los fogones de la Ribera. No hay pueblo que no abra un espacio al almacenado de vinos, ya sea en el subsuelo o al aire, en el término municipal de Soria. Localidades como Langa de Duero o Castillejo de Robledo preservan el maridaje entre el arte y el vino. Alejados, camino hacia el sur, Retortillo y Caracena despiden a sus invitados con sus siluetas inigualables. El primero retiene de su belicoso pasado medieval dos puertas fortificadas, últimas supervivientes de lo que en su día fue un lienzo amurallado. Por su parte, Caracena erige en una solitaria loma un castillo con dos plazas de armas y altiva torre. Puertas adentro de Soria, la iglesia de San Pedro aborda al espectador con una fabulosa galería porticada.